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UN NIÑO QUE CORRE - Isla Zafra

  • Foto del escritor: anel-books
    anel-books
  • 20 jul 2025
  • 2 Min. de lectura


Crónica de un instante eterno

En un tiempo literario dominado por tramas vertiginosas y giros calculados al milímetro, Un niño que corre apuesta por lo contrario: detenerse. No por falta de acción —de hecho, en sus páginas se desarrolla una carrera que podría cambiarlo todo—, sino por una voluntad artística decidida de explorar el presente con una lupa que también es espejo.


La escena es sencilla: un niño pequeño corre hacia la puerta abierta de un patio, su abuela, anciana, lo sigue sin poder alcanzarlo. En la calle, un coche se aproxima. La madre, distraída, ha salido a toda prisa. Un peatón inesperado, unos gritos, una fracción de segundo. ¿Qué puede contarse, se preguntará el lector, en torno a un instante tan breve? La respuesta, en este caso, es: casi todo.


La novela está estructurada en fragmentos numerados, como pequeños cuadros que, juntos, conforman un fresco urbano y humano. El estilo —cuidado, cultísimo, lleno de observación delicada— convierte cada situación en un microcosmos: una frutería donde se conversa más de lo que se compra, una cabra perdida en plena ciudad, una señora de 80 años que gana en Carnaval a todos los niños, una procesión que detiene el tráfico, un loro que canta flamenco desde un balcón. Y entre ellos, como hilo conductor y corazón de la historia, ese niño que corre.


Isla Zafra logra el prodigio de hacer del costumbrismo un acto poético. Su mirada, lejos de caer en la nostalgia fácil, recoge los matices del presente con una sensibilidad excepcional. Hay humor, sí, pero también melancolía, ironía, ternura y una meditación latente sobre el paso del tiempo, el sentido de comunidad, las generaciones que conviven y las historias invisibles que laten en cada calle.


Uno de los grandes aciertos del libro es convertir la ciudad —no una ciudad concreta, sino la ciudad como idea, como espacio compartido— en protagonista. En sus páginas aparecen gatos que vigilan desde los alféizares, abuelas que regalan croquetas en la consulta, patos escoltados por la policía, terrazas donde un camarero acierta sin preguntar. Esa cotidianidad que muchos vivimos sin prestar atención, aquí se eleva a categoría de arte.


El título, Un niño que corre, parece menor, pero encierra una potencia simbólica enorme. Ese niño es la vida en marcha, la inocencia, la velocidad con la que todo puede cambiar. El lector, como los personajes, sabe que algo importante puede pasar —o no—, pero lo que de verdad importa es cómo percibimos y narramos ese riesgo, ese amor, ese miedo. El libro no se ocupa del desenlace, sino del temblor que lo precede.

Quizá por eso la novela conmueve tanto: porque todos hemos sentido ese temblor. Porque todos, en algún momento, hemos sido la abuela que corre sin alcanzar o el niño que corre sin saber lo que hay más allá de la puerta.


Con Un niño que corre, la autora se consolida como una voz literaria a seguir. Una voz que susurra más que grita, que observa más que juzga, y que nos recuerda que, a veces, lo extraordinario ocurre en medio de lo más ordinario. Un libro para leer con pausa, con los cinco sentidos, y con la certeza de que en cada página nos aguarda un pedazo de la vida que creíamos haber olvidado.




 
 
 

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