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Entrevista a Alfred Batlle Fuster en relación con la novela VERA

  • Foto del escritor: anel-books
    anel-books
  • 23 jul 2025
  • 10 Min. de lectura

Actualizado: 24 jul 2025


Esta novela, VERA, es profundamente lírica y simbólica, y, sin embargo, está anclada en un espacio geográfico muy concreto: Transbaikalia. ¿Cómo nació la idea de situar la historia en ese lugar tan remoto y específico?

ABF: Transbaikalia, para mí, no fue en un primer momento un lugar, sino un nombre. Una frontera fonética que me atrajo por su sonoridad oscura y su promesa de vastedad. Descubrí la palabra Transbaikalia en un atlas antiguo y, sin saber bien qué contenía, supe que allí debía empezar algo. Después vino la geografía: los valles helados, los ríos que parecen venas, las estepas interminables. Pero más que un espacio físico, lo que me interesaba era su condición de umbral. Transbaikalia representa, en el libro, ese lugar donde el mundo comienza a borrarse, donde el mapa deja de ser fiable y solo queda la intuición. Para el doctor Broix, ese lugar lejano y helado se convierte en un espejo de su interior, de su desconcierto, de su necesidad, de una revelación.


¿Y Vera? ¿Qué representa Vera en esta geografía mental y emocional? ¿Es un personaje, una metáfora, un destino?

ABF: Vera es, al mismo tiempo, todas esas cosas. Es un personaje con cuerpo y memoria, pero también es una ausencia que crece y se transforma. En algún momento comprendí que VERA no sería una novela de reencuentros, sino de búsqueda. Vera es una fuerza: el impulso de moverse, de cruzar, de romper el mapa. Es la pregunta que no se formula del todo. Y en este sentido, no hay que entenderla solo como una mujer concreta, sino como una clave simbólica. El nombre mismo —Vera— remite a la verdad, pero no a una verdad dogmática, sino a aquella que se intuye, que no se puede poseer. Vera no se deja atrapar, y ahí reside precisamente su poder.


El doctor Broix, protagonista de la novela, es un médico naturalista, un hombre racional. Sin embargo, su viaje lo conduce a experiencias cada vez más simbólicas, oníricas incluso. ¿Cómo concebiste la evolución de este personaje?

ABF: Broix nace, precisamente, de una contradicción. Me interesaba explorar qué ocurre cuando una mente formada en la lógica, en la precisión científica, se ve forzada a enfrentarse a lo inexplicable. Desde el principio supe que VERA no podía ser simplemente una novela de aventuras en territorios remotos; debía ser también el relato de una descomposición interior. Broix empieza el viaje con herramientas académicas —catalejos, cuadernos de campo, mapas— y termina comprendiendo que lo esencial no se mide, se intuye. Su evolución es una especie de despojamiento. No se convierte en un místico, ni en un iluminado, pero sí en alguien que acepta que la razón no basta. Que hay una dimensión simbólica del mundo sin la cual todo conocimiento está incompleto.


En ese sentido, el viaje que emprende parece más espiritual que físico. ¿Se puede leer la novela como una odisea interior?

ABF: Absolutamente. De hecho, VERA es, en el fondo, una novela de búsqueda interior disfrazada de relato oriental. El lector que espera una trama lineal o una resolución clásica quizás se sentirá desconcertado, porque el viaje de Broix no conduce a una meta concreta, sino a una especie de disolución de sus certezas. Cada estación, cada encuentro, cada fragmento del enigma de Vera, no son pruebas en un sentido heroico, sino espejos. VERA se puede leer como un descenso al fondo de uno mismo, donde el paisaje se confunde con la memoria, donde las preguntas valen más que las respuestas. Es una novela del umbral, del tránsito.


La ambientación en Transbaikalia es fundamental en la novela. ¿Qué te atrajo de esta región remota de Siberia y cómo trabajaste su construcción literaria?

ABF: Transbaikalia me sedujo por lo que representa: un confín geográfico, pero también mental. Es un lugar que, para la mayoría, existe sólo como un rumor, una zona de frontera entre lo conocido y lo imaginado. Me interesaba su carácter liminar, su vastedad, su anonimato. No me propuse reproducirla con precisión cartográfica, sino evocarla como territorio mítico. Me documenté, sí, pero no para ser fiel a la realidad topográfica, sino para poder traicionarla con conocimiento. Mi Transbaikalia está hecha de trenes que no figuran en los horarios, de pueblos que desaparecen, de estaciones que son estados del alma. Es un paisaje que se transforma al ritmo de la conciencia del protagonista. Más que un escenario, es un personaje.


Se nota una gran carga poética en la prosa. ¿Fue una decisión consciente mantener un tono tan lírico a lo largo de toda la novela?

ABF: Sí, y fue un riesgo. Me enfrenté a la escritura de VERA con una clara voluntad de estilo. Sabía que, al tratarse de una historia donde la acción está siempre al borde de la suspensión y donde la introspección pesa tanto, necesitaba una prosa que sostuviera ese pulso. Opté por un lirismo contenido, no ornamental. Cada frase busca resonancia, no adorno. El lenguaje debía reflejar el estado mental del narrador, que a veces roza el delirio, a veces la iluminación. No escribí para facilitar la lectura, sino para intensificarla. VERA exige una cierta atención, casi una escucha interior. Como los cantos antiguos, no se puede leer con prisa.


El personaje del doctor Broix es fascinante: un científico racional enfrentado a lo inexplicable. ¿Cómo construiste esta figura?

ABF: Broix nació del choque entre dos tradiciones: la del médico-naturalista ilustrado del siglo XIX y la del buscador espiritual perdido en lo simbólico. Quería un personaje que creyera en la razón, pero que se viera forzado a cruzar sus propios límites. Transbaikalia no lo transforma de inmediato: lo erosiona. Lo obliga a ver que hay cosas que no pueden diseccionarse ni entenderse con un microscopio. A lo largo del libro, Broix va abandonando herramientas —mapas, nombres, lógica— y lo que gana a cambio es una forma distinta de conocimiento. No lo quería heroico ni cínico: lo quería honesto. Alguien que duda, que cae, que se equivoca, pero que sigue. Su viaje es el de cualquiera que ha amado de verdad: a alguien, a una idea, a una promesa.


La figura de Vera aparece más como una ausencia que como una presencia. ¿Por qué decidiste construirla así?

ABF: Porque VERA no es solo una mujer, es una pregunta. No me interesaba hacer de ella un personaje "completo", con historia y motivaciones claras. Quería que fuera un catalizador, un símbolo, un eco. Al principio, Broix cree que la busca a ella. Después entiende que lo que busca es lo que ella representa: un modo de estar en el mundo, una verdad esquiva, quizá incluso su propia alma. Vera no es un personaje tradicional; es más bien una aparición. Por eso su presencia es siempre fantasmática, huidiza. Pero cuando al final se muestra, lo hace con una claridad que no necesita explicación. Y esa es su fuerza.


El paisaje en VERA no es un mero decorado. A menudo parece un personaje más. ¿Qué papel juega Transbaikalia en la novela?

ABF: Exactamente: no es un escenario, es una presencia activa. Desde el inicio quise que el lector sintiera el peso del paisaje, su espesor simbólico. Transbaikalia representa lo desconocido, lo no cartografiado, tanto en el exterior como en el interior del protagonista. Es vastedad, pero también frontera: entre ciencia y mito, entre razón y delirio, entre lo humano y lo sagrado. A veces, lo que ocurre en el mundo físico es reflejo de lo que le ocurre al alma de Broix. Hay escenas en las que el paisaje habla más que los personajes. No hay líneas rectas allí; todo es desvío, desvío que enseña.


El lenguaje de VERA es muy lírico, incluso cuando trata temas científicos o históricos. ¿Cómo trabajaste ese tono?

ABF: Fue un reto constante. Quería que el estilo respetara la mirada de Broix, que es culta, densa, pero también profundamente emocional. Él escribe como quien intenta poner orden en lo que no lo tiene. Me inspiré en ciertos diarios de exploradores del siglo XIX, pero también en literatura mística, en la prosa poética de autores como Rilke o Yourcenar. El tono tenía que ser hipnótico, con frases largas, imágenes cargadas, un ritmo casi ritual. La ciencia entra en ese tono como un elemento más, no como un discurso frío, sino como parte de un pensamiento que ya ha empezado a desbordarse. VERA no se podía contar con un lenguaje neutro: necesitaba una voz temblorosa y luminosa.


¿Qué simboliza Vera como personaje? ¿Es una mujer concreta o una figura más alegórica?

ABF: Vera es ambas cosas. En la superficie, claro, es una mujer real: alguien con pasado, decisiones, afectos, un cuerpo que deja huellas. Pero desde muy temprano en la escritura entendí que su presencia debía funcionar también como símbolo. Vera es deseo, es enigma, es revelación y pérdida. Representa la verdad esquiva —no en el sentido factual, sino existencial—, esa clase de verdad que nunca se atrapa del todo, pero que nos transforma por haberla perseguido. Su nombre, “Vera”, alude a “veritas”, pero también a “ver”, a “verla” y no verla. No quería que fuera solo un ideal romántico; Vera tiene agencia, toma decisiones duras, incluso dolorosas, y su desaparición no es pasividad, es acción.


¿Cómo ha sido la recepción de VERA entre los primeros lectores? ¿Qué te ha sorprendido más de sus reacciones?

ABF: Ha sido profundamente conmovedor. VERA es una novela exigente: no ofrece respuestas rápidas ni tramas lineales. Pero quienes entran en su mundo lo hacen con una entrega que me emociona. Me han escrito personas que la han leído en silencio, en voz baja, como un ritual. Muchos me dicen que han sentido que la novela hablaba de ellos, aunque no hayan estado nunca en Siberia ni hayan perseguido a nadie entre trenes y nieve. Lo que más me sorprende es cómo cada lector ve una VERA distinta. Algunos destacan la parte amorosa, otros la filosófica, otros lo poético o lo geográfico. Eso es lo que yo soñaba: una novela que fuera espejo, mapa y Entrevistadora la vez.


La novela tiene una fuerte carga poética. ¿Qué papel juega el lenguaje en VERA? ¿Lo concebiste como un personaje más?

ABF: Totalmente. El lenguaje en VERA no es solo vehículo: es atmósfera, es latido, es trampa y revelación. Lo trabajé como si cada frase tuviera que respirar por sí sola. Hay párrafos que reescribí más de veinte veces hasta encontrar el ritmo exacto, el tono que se deslizara como una huella sobre la nieve. En ese sentido, sí, el lenguaje es un personaje más —quizás el más inquietante— porque, como Vera, también oculta y muestra. A veces seduce, a veces incómoda. No me interesaba una prosa funcional, sino una que generara espacio interior, que exigiera atención y ofreciera belleza a cambio.


Entrevistador: ¿Te influenció alguna tradición literaria concreta a la hora de construir esa voz narrativa?

ABF: Muchísimas. Desde los rusos —sobre todo Dostoievski y Pasternak— hasta la literatura mística, los cuadernos de campo de naturalistas del siglo XIX, o incluso los diarios de exploradores como Nikolai Przhevalsky. También la tradición centroeuropea de la melancolía metafísica: autores como Rilke, Zweig o Sebald. Pero, más allá de las influencias conscientes, creo que VERA surge de una necesidad profunda de unir lo sensible con lo pensante. Quería una voz que pudiera contener emoción y lucidez sin caer ni en el sentimentalismo ni en el hermetismo. Que fuera humana, demasiado humana, como decía Nietzsche.


Mencionabas a Pasternak como una de tus influencias. ¿Qué te ha aportado su obra a la hora de escribir VERA?

ABF: Pasternak me ha enseñado, sobre todo, a mirar. Doctor Zhivago no es solo una gran historia de amor o un retrato de Rusia en convulsión: es un acto de contemplación. Hay algo profundamente lírico en su forma de narrar, en cómo detiene la marcha del relato para fijarse en un copo de nieve, en la luz que cae sobre una mesa vacía. Esa sensibilidad, esa manera de conjugar lo íntimo y lo histórico, me marcó. En VERA intenté algo similar: que el lector pudiera oler la resina del bosque, sentir el crujir de las botas sobre el hielo, escuchar el silencio entre los árboles. Pasternak me enseñó que lo esencial no siempre está en el argumento, sino en la respiración del texto.


¿Y Tolstói? Has citado Los cosacos como una referencia importante para ti.

ABF: Sí, Los cosacos fue fundamental. Ese relato tiene algo que me obsesiona: un hombre que busca en la frontera —en este caso, en el Cáucaso— un sentido que no encuentra en la vida civilizada. Tolstói describe con una honestidad desarmante el desencanto del protagonista, su deseo de redención a través de la naturaleza, del exotismo, de lo “otro”. En VERA, el doctor Broix no deja de ser también un hombre europeo, culto, educado, que se desarma ante un territorio salvaje —no solo geográfico, sino emocional y simbólico. Como en Los cosacos, la frontera no se supera por conquista, sino por transformación. No se trata de llegar, sino de dejarse afectar.


En VERA hay una fuerte presencia de lo simbólico, de lo mítico incluso. ¿Cómo trabajaste esa dimensión?

ABF: Desde el principio supe que VERA no podía ser una novela únicamente narrativa o realista. La historia pedía otra capa, más profunda, más ambigua. El símbolo fue el lenguaje natural de esa capa. No quise imponer un sistema cerrado ni alegórico, sino dejar que ciertos objetos, imágenes o gestos —como un anillo, un talismán, una palabra escrita en la ceniza— adquirieran peso propio, como si el mundo mismo los cargara de sentido. No busqué explicarlo todo, sino dejar grietas por donde el lector pudiera intuir. En ese sentido, me siento cercano a ciertas tradiciones místicas: el símbolo como vía hacia lo innombrable.


¿Y el mito? ¿Hay un mito detrás de VERA?

ABF: Sí, aunque no de forma explícita. Hay un eco de los relatos de búsqueda arquetípica —como Orfeo y Eurídice, por ejemplo, o incluso Parsifal—, donde el protagonista se adentra en lo desconocido no solo para encontrar al ser amado, sino para enfrentarse a su propio límite. Vera no es solo una mujer, sino una figura que desestabiliza el mundo de Broix, que lo obliga a abandonar sus certezas. Es el misterio que lo desborda, lo transforma y lo deja desnudo ante sí mismo. Si VERA tiene algo de mito, es en ese sentido: no como relato fundacional, sino como travesía espiritual. Una prueba sin mapa.


Después de un libro tan introspectivo, tan ligado al viaje interior, ¿qué viene ahora? ¿Sigues explorando territorios similares?

ABF: La verdad es que VERA me dejó exhausto, pero también lleno. No es una novela que se cierre con facilidad: ni para el lector, ni para el autor. Pasé mucho tiempo dentro de su clima, de su ritmo, de sus preguntas. Y aunque uno no puede —ni debe— repetirse, hay algo de esa búsqueda que sigue latiendo en mí. Estoy esbozando ahora una obra más breve, más contenida, pero con esa misma tensión entre ciencia y misterio, entre lo visible y lo que se escapa. No sé si será una continuación espiritual o un eco. A veces pienso que VERA no terminó de escribirse, solo se transformó.


¿Qué te gustaría que quedara en el lector después de leer VERA?

ABF: No me interesa dejar un mensaje claro o una moraleja. Lo que me gustaría es que quien lea VERA sienta algo parecido a lo que siente Broix al final de su viaje: que hay cosas que no se pueden nombrar, pero que aun así nos sostienen. Que no todas las preguntas necesitan respuestas, y que a veces el camino vale más que la llegada. Si el lector cierra el libro en silencio, con cierta vibración interna, como si hubiera atravesado un territorio extraño y sagrado, entonces VERA habrá cumplido su propósito. Que no es explicar, sino resonar.


Alfred, muchísimas gracias por compartir con nosotros este viaje profundo y fascinante que es VERA. Ha sido un verdadero placer adentrarnos en tu obra y en tu mirada.

ABF: Gracias a ti por la oportunidad y por la paciencia. Hablar de VERA es también revivir ese viaje, y me alegra haberlo compartido. Espero que el lector encuentre en estas páginas algo que le acompañe en sus propias búsquedas.


Sin duda así será. Te deseamos mucho éxito en tus próximos proyectos y esperamos leer pronto esas nuevas exploraciones que mencionabas.

ABF: Gracias. Aquí estaremos, siempre buscando, siempre escribiendo. Hasta la próxima.

Hasta entonces, Alfred. ¡Un abrazo!

ABF: Un abrazo.



 
 
 

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