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Velocidad de infancia en una ciudad detenida

  • Foto del escritor: anel-books
    anel-books
  • 25 jul 2025
  • 10 Min. de lectura

Revista Australolibrecus



Pocas veces una novela contemporánea logra construir una tensión narrativa tan sostenida y, a la vez, tan íntima, a partir de un gesto tan mínimo como el de un niño que corre. Y, sin embargo, Un niño que corre, firmada por la enigmática Isla Zafra, lo consigue con una elegancia silenciosa y una carga poética que, por momentos, roza la fábula urbana.

La apuesta es clara desde el título: un niño corre. No se escapa, no huye, no busca, simplemente corre. Y en ese gesto, aparentemente anodino, se condensa el vértigo de la vida, la fragilidad del tiempo, la imposibilidad de retener lo que amamos. Lo que hace Zafra —o quien sea que esté detrás de esa firma que huele tanto a homenaje como a provocación— es lo contrario al efectismo. Aquí no hay artificio ni tramas rebuscadas, sino la decisión radical de construir una novela entera alrededor de un momento suspendido, como si el tiempo, al igual que el lector, contuviera la respiración.


La estructura fragmentaria, que podría parecer inicialmente un recurso posmoderno más (y por tanto, prescindible), se revela pronto como la única forma posible de narrar una ciudad que no avanza en línea recta, sino en círculos, en recovecos, en casualidades y repeticiones. Cada fragmento aporta no solo una pieza del entorno narrativo —esa ciudad reconocible por cualquiera que haya vivido en una capital española de tamaño medio—, sino una capa más de textura emocional, social o simbólica. A medio camino entre la crónica de barrio, el haiku costumbrista y la vigilia materna, la novela se deja leer con la fluidez de quien pasea mirando escaparates... pero sabiendo que algo terrible podría suceder al girar la esquina.


Lo más sorprendente es que Un niño que corre se construye sobre una doble paradoja narrativa: por un lado, el movimiento constante del niño y, por otro, la inmovilidad asfixiante del tiempo de los adultos. Mientras Eric —así se llama el niño, como si el nombre tuviera algo de contraseña nórdica en un entorno de persianas bajadas y tracas valencianas— avanza sin conciencia del peligro, los adultos se ven atrapados en un eterno presente de impotencia, memoria y expectativa.


La novela logra articular, además, una crítica social tan sutil como persistente. No hay panfletos ni denuncias explícitas, pero cada diálogo, cada gesto, cada esquina del barrio respirado por los vecinos y vigilado por gatos callejeros, contiene ecos de desigualdad, de gentrificación, de soledad disfrazada de cortesía. El viejo quiosco donde ya casi nadie compra prensa, el bar donde se pide “lo de siempre”, el paso de cebra arcoíris que se convierte en escenario de selfies... Todo convoca una España que se resiste a morir mientras se transforma silenciosamente, sin épica y sin pausa.


Si algo destaca en Un niño que corre, más allá del aliento poético y el diseño milimétrico de la fragmentación, es su delicadísimo trabajo de personajes. Aquí no hay grandes biografías, ni monólogos interiores extensos, ni arcos dramáticos de conversión o redención. En lugar de eso, Isla Zafra trabaja con la escultura mínima: esbozos, gestos, una frase dicha de soslayo, una mirada desde una ventana, un grito que interrumpe la rutina. Y sin embargo, el lector siente que conoce a esas personas como si hubiesen sido sus vecinos toda la vida.

La abuela, figura central del vértice dramático, no es una heroína ni una mártir, pero lleva sobre sus hombros el peso de las generaciones. Su cuerpo es memoria y frontera: es la única que, aún sin moverse con la rapidez de antes, entiende con total claridad el desenlace que podría ocurrir. En sus pensamientos vemos cómo el tiempo no es lineal, sino circular, hecho de repeticiones, intuiciones, ecos del pasado. Cuando corre —o, más precisamente, cuando intenta correr— no sólo lo hace detrás de su nieto, sino detrás de una era que se le escapa.


La madre no es la antagonista, pero tampoco una figura idealizada. Está demasiado distraída por las urgencias diarias, por las trampas de la rutina moderna: el coche, el gato de la vecina, la cita que le roba la atención, la bocina que no suena. Es, en cierto modo, una representación brutal de la multitarea como distorsión de la percepción: no se trata de no querer mirar, sino de no saber qué es lo que realmente importa.

Luego están los personajes satélite, que componen ese coro urbano donde cabe todo: los vecinos que comentan lo evidente con sabiduría resignada, el tendero que te regala perejil “porque sí”, el camarero que recuerda pedidos sin que se lo digan. Todos ellos configuran un tapiz de humanidad que hace que la ciudad, como tal, respire.


Y no olvidemos a los gatos, que no son solo animales callejeros sino símbolos del misterio cotidiano. Ellos observan, aparecen en los márgenes de los fragmentos, como si fueran testigos mudos de la historia. No juzgan, pero su sola presencia inquieta. Son como los lectores ideales de esta novela: atentos, silenciosos, incómodamente lúcidos.

El universo de personajes de Isla Zafra no pretende “representar” a nadie, sino reflejar a todos. En cada uno hay algo reconocible, incluso en lo absurdo. Porque esta novela se alimenta de lo anecdótico elevado a categoría ontológica: el panadero, el ciclista, la señora que prueba las aceitunas o el que discute si la tortilla lleva o no cebolla, todos ellos son piezas del mosaico humano donde se instala la emoción.


Hay también una suerte de ternura austera en la forma de retratar las relaciones entre generaciones. No es nostalgia facilona, sino una conciencia profunda de que los códigos se están perdiendo sin que nadie los destruya activamente. El joven extranjero que no entiende el cierre de mediodía, el Erasmus que intenta traducir el “tardeo”, el anciano que explica direcciones aunque nadie se lo haya pedido... todos forman parte de un tiempo que se bifurca sin despedirse.


La obra, así, no solo retrata un barrio o una situación concreta, sino que captura algo más sutil: la densidad emocional del presente compartido, ese punto ciego donde nuestras vidas se rozan sin tocarse, salvo cuando el azar —o el destino— nos pone frente a un niño que corre.


Decía Calvino que la ciudad no es sólo el lugar donde ocurren las historias, sino una historia en sí misma, escrita en capas invisibles que el paseante, como lector clandestino, puede o no llegar a descifrar. Isla Zafra parece partir de esa misma intuición para construir en Un niño que corre no solo una novela, sino una topografía narrativa donde el tiempo se retuerce y el espacio se humaniza. Aquí, la calle no es un mero decorado, sino un cuerpo que respira junto con los personajes, un organismo sensible capaz de alterar el destino con una grieta en la acera, una sombra mal colocada o un coche que pasa exactamente en el peor —o más poético— segundo posible.


La ciudad descrita en la novela (una ciudad que podría ser cualquier ciudad española con alma, aunque nunca se la nombre del todo) se presenta como un palimpsesto en continuo reescribirse. La modernidad convive con los restos visibles del pasado —una muralla medieval en un edificio nuevo, una cigüeña anidando en una grúa abandonada— y, más que un espacio, es una conciencia colectiva donde los ecos de lo vivido resuenan en lo cotidiano. Las calles estrechas no solo son obstáculos físicos, sino metáforas de los desvíos internos que sufren los personajes; los portones, como el que se abre para que el niño escape, no son simples umbrales sino portales simbólicos a la transformación, al miedo, al descubrimiento.


El tiempo, por su parte, no sigue un curso lineal. La fragmentación de la estructura, con sus múltiples digresiones, su ir y venir entre pasado reciente y presente urgente, recuerda que la memoria es caprichosa y que un instante puede alojar todas las dimensiones temporales si se sabe mirar bien. Ese segundo en que el niño corre hacia la calle se dilata en la conciencia de la abuela, se multiplica en las posibilidades imaginadas por el lector, se detiene por completo en la narración como si el lenguaje mismo quisiera retenerlo, evitar la caída, postergar el posible desenlace.


Y en esa suspensión, en esa eternidad de un segundo, el libro se juega mucho más que un susto: se juega su tesis central. ¿Qué es la vida sino una acumulación de instantes en apariencia banales pero cargados de posibles tragedias o milagros? ¿Qué es una ciudad sino un cúmulo de historias que se rozan sin tocarse hasta que, de pronto, algo —un niño que corre, una puerta que se queda abierta, una abuela que grita un nombre— las conecta?

Es interesante también cómo Isla Zafra dota a elementos mínimos de un valor simbólico sin cargarlos de solemnidad. Una farola antigua fotografiada como monumento, una pintada que se convierte en referencia del barrio, una señora que reparte caramelos en el autobús... cada escena es una viñeta cargada de humanidad, pero también una intervención crítica sobre el valor que damos (o negamos) a lo cotidiano. En este sentido, la novela no cae jamás en el costumbrismo condescendiente ni en la idealización romántica de lo popular: aquí hay ironía, hay rugosidad, hay contradicción. Es una ciudad que se quiere, sí, pero también se interroga.


El lector atento notará que la ciudad misma parece aprender del niño, que corre no por miedo, ni siquiera por deseo de libertad, sino por el puro gozo del movimiento, por una energía interior que nadie entiende del todo. Así también corre la narración: con ritmo, con ímpetu, sorteando obstáculos y jugando con sus propios límites.

Un niño que corre no quiere representar un lugar; quiere encarnarlo. Y en esa encarnación, nos recuerda que no hay mejor cartografía que la que traza el corazón cuando se conmueve.

En un panorama literario muchas veces saturado de distopías crudas, tramas de alta tensión o experimentaciones formales que confunden complejidad con opacidad, Un niño que corre irrumpe con un gesto subversivo: el de mirar lo cotidiano con la atención y el asombro que normalmente se reservan para lo extraordinario. En este sentido, Isla Zafra practica una suerte de realismo delicado, donde lo pequeño —una conversación en una frutería, una abuela que elige entre tipos de aceituna, un camarero que recuerda sin preguntar quién pidió qué— se convierte en el núcleo de un universo narrativo profundamente humano.


Este tipo de poética, cercana a la de autores como Natalia Ginzburg o el primer Baricco, no es naïf ni evasiva. Por el contrario, es una apuesta ética por rescatar del olvido la sensibilidad, la ternura, la observación sutil de aquello que, por frecuente, creemos insignificante. Como si la autora dijera: “mirad mejor”, o, en palabras de una de las vecinas que aparecen en el libro: “No es que no pasen cosas… es que ya no se cuenta bien lo que pasa.”


En este terreno, la ternura no se entiende como dulzura sin conflicto, sino como una forma radical de resistencia ante la anestesia emocional contemporánea. Frente al cinismo, la ironía hueca o el sentimentalismo impostado, Isla Zafra construye personajes que sienten sin miedo, que dudan sin cinismo, que se contradicen sin caer en la caricatura. La madre distraída, el abuelo que ya no está, el conductor del autobús que saluda a media ciudad, el gato en el alféizar: todos ellos componen un mosaico coral donde cada voz importa, aunque a veces no se escuche del todo.


Uno de los aciertos más notables de la novela es su capacidad para crear ternura intergeneracional sin nostalgia forzada. La abuela que corre tras su nieto no es solo una figura protectora; es también una mujer que teme, que recuerda, que proyecta su historia sobre la carrera del niño. La madre, que sale con el coche sin mirar, no es culpable ni inocente: es humana, y en su despiste cotidiano cabe una novela entera. Esta dimensión moralmente ambigua, profundamente compasiva, es lo que convierte a Un niño que corre en una obra literaria sólida, más allá de su aparente sencillez formal.


La ternura, entonces, no es un adorno en esta novela, sino un gesto político y estético. Apostar por mirar con amor —sin ingenuidad, sin edulcorar— aquello que está frente a nuestros ojos y que tantas veces pasamos por alto. El niño corre, sí, pero también lo hacen nuestras vidas, nuestras culpas, nuestros miedos, nuestras esperanzas. El portón está abierto, no como amenaza, sino como posibilidad.


Y quizás esa sea la mayor provocación de Isla Zafra: recordarnos que en cualquier escena, por mínima que parezca, puede anidar el germen de una transformación. Porque la vida —y la buena literatura— ocurre justo ahí, entre el susto y la risa, entre el gesto automático y el instante que lo cambia todo.


Hay libros que corren hacia su final con el aliento entrecortado, y hay libros que corren sin prisa, como si no quisieran llegar, como si su verdadero sentido estuviese en la zancada misma, en el pie suspendido en el aire. Un niño que corre pertenece a esta última estirpe: no es una novela de resolución, sino de revelación continua. No hay un clímax en el sentido tradicional, sino una intensificación del presente, una tensión sostenida en lo ordinario que, al ser narrado con precisión y cuidado, se convierte en extraordinario.


El momento en que el niño se detiene, justo antes del posible accidente, no es solo el clímax narrativo: es un punto de fuga, una grieta en la linealidad del tiempo. Allí se condensa todo: el pasado de los mayores, la fragilidad del presente, la posible catástrofe evitada, el milagro de la vida que sigue. Pero Isla Zafra no subraya, no dramatiza más de lo necesario. Hay un respeto casi reverencial por el lector, como si la autora susurrara: “ya sabes lo que esto significa, no hace falta que te lo explique.”


En un mundo acelerado y en constante ruido, Un niño que corre ofrece una experiencia de lectura desacelerada, pero no por eso menos intensa. Es una novela que invita a parar —a observar, a recordar, a escuchar— y eso, en nuestros días, es una invitación radical. A través de las voces del barrio, de los gestos mínimos, de las repeticiones cotidianas, el texto se eleva a una forma de meditación urbana, profundamente política y humana.


¿Hay referentes? Sí, pero no miméticos. Zafra entronca con el realismo afectivo de autores como Sara Mesa, con la mirada irónica pero empática de Marta Sanz, e incluso con la ternura contenida de ciertos cuentos de Raymond Carver, si Carver hubiera escrito desde el sur de Europa y con más mujeres en sus tramas. La suya es una voz particular, pero no aislada. Forma parte de una corriente que reivindica la lentitud, la profundidad emocional y la escucha de lo minúsculo.


En definitiva, Un niño que corre no es solo una novela: es un gesto. Un gesto literario, pero también humano. Una carrera sin meta, una infancia que no se clausura, una abuela que extiende la mano y una ciudad que observa desde el alféizar, como el gato que aparece y desaparece, atento pero sin intervenir.


Isla Zafra ha escrito un libro que no busca epatar, pero que se queda. Como los buenos recuerdos. Como los miedos que nos enseñaron a amar más fuerte. Como la sensación de haber rozado —por un instante— el milagro de estar vivos.

 
 
 

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